Leonard Cohen: la llama de un alma que nunca dejó de arder

Acaba de salir “La llama”, un libro que compila 63 poemas inéditos, letras de los últimos discos y cuadernos escritos en la adolescencia de este emblemático cantautor, poeta y narrador canadiense. Se trata de una obra clave para entender cómo se construyó la sensibilidad de uno de los grandes artistas del siglo XX

Por Nicolás Pichersky


Holanda, 1988. (Foto: Frans Schellekens / Redferns)
Holanda, 1988. (Foto: Frans Schellekens / Redferns)

Como un ave sobre un cable,
como un borracho en algún viejo coro de medianoche, 
he intentado, a mi manera, ser libre.
(“Bird on the wire”, Leonard Cohen)

Dicen que cuando Leonard Cohen (1934-2016) interpretó para Kris Kristofferson “Bird on the wire”, éste le dijo que tomaría los primeros versos para su lápida. En estos días, a poco más de dos años de su desaparición física, se distribuye en la Argentina La llama (editado por Salamandra), acaso el epitafio del gran poeta, cancionista y novelista canadiense.

En el prólogo, su hijo Adam Cohen, encargado de ordenar la obra póstuma literaria de su padre, cuenta que sus últimos días estuvieron dedicados a una sola cosa: la palabra. “Su único objetivo vital era la escritura, su único consuelo, su verdadero propósito. Escribir era su razón de ser. El fuego que atendía, la llama más importante que avivaba“.

Religión, maestros, mujeres, fama, dinero, drogas, el viaje (…), nada me excita tanto, ni me alivia el sufrimiento, como emborronar páginas, escribiendo“, confiesa Leonard Cohen en las primeras páginas. Una llama que también llevó hasta el último aliento en su opus final musical, el extraordinario You want it darker, en cuyo tema del título canta (o acaso pregunta retóricamente): “Lo quieres más oscuro / Apagamos la llama“.

Grafómano obsesivo, su hijo relata que, cuando de chico le pedía algo de dinero a su padre, el autor de “Everybody knows” lo mandaba a buscar en sus bolsillos, donde siempre encontraba hojas y más hojas, anotadas por anverso y reverso. Y nada de cuadernos lujosos o libretas Moleskine: anotadores, papelitos, hojas sueltas, libretas baratas. “Mi padre prefería recipientes humildes”, cuenta Adam.

“La Llama”, de Leonard Cohen
“La Llama”, de Leonard Cohen

Este libro está compuesto de cuatro partes: la primera, 63 poemas inéditos; la segunda, las letras de las canciones de sus últimos discos; la tercera, una selección de los cuadernos que Leonard escribió desde la adolescencia. Y, por último, el conmovedor discurso de aceptación del Premio Príncipe de Asturias, leído el en Oviedo el 21 de octubre de 2011, cuando hizo bañar en lágrimas los ojos de los reyes de España. Como en el Libro del anhelo, cuenta con sus dibujos (por lo general autorretratos) y, como si fuera poco, reproducciones facsimilares de esos cuadernos, esas naditas de papel arrugado y tinta reseca que, a falta de dinero, su hijo encontraba en los sacos de su padre.

Las temáticas de la lírica de Cohen son las de una obra musical, literaria y poética de toda una vida, desde la primera y perfecta trilogía de sus discos de 1967 a 1971, la novela Hermosos perdedores o el libro de poesía La energía de los esclavos. Que apenas son estos: la revolución (y cómo traicionarla), el sexo (siempre), su judaísmo (aunque uno muy zen) y el amor (como guerra y como campo de batalla). Y también las preguntas de su anterior obra, El libro del anhelo, están aquí: los azotes de dios (a quien, siguiendo la tradición judía, prácticamente se niega a nombrar, escribiéndolo con la notación “D..S”), las decisiones de cocaína o su internado como monje durante cinco años.

Julio del 2008 en el Nice Jazz Festival, Francia (Foto: AFP)
Julio del 2008 en el Nice Jazz Festival, Francia (Foto: AFP)

La llama comienza con el poema “Le pasa al corazón”:

“Financiaba mi depresión / Viendo a Jesús, leyendo a Marx / Claro que falló mi pequeño fuego / Pero aún brilla la chispa mortecina / ve a decirle al joven mesías / Lo que le pasa al corazón”.

En Cohen las imágenes de fuegos y de chispas se repiten (como la Juana de Arcoincendiada en la contratapa de su primer álbum). Y entre imágenes oníricas y naif, pero sugestivas (“Tenía un gato en la cocina / Y una pantera en el jardín”), se pueden aspirar las alucinaciones femeninas: “lleno de cicatrices / de las garras de tantas mujeres / de las que no había sabido prescindir“. O expresiones que van en contra del cliché, como en la poesía “Homenaje a Rosengarten”: “Una cuchillada de pulida energía que en vez de cortar el aire / Lo suaviza y lo incendia mansamente“.

Pero hay otra asombrosa marca autoral de Cohen. No es ni la política ni la ausencia de ésta sino una política-poética: “Perdí mi carné de afiliado / Luchábamos por algo definitivo / No por el derecho a discernir” (también de “Le pasa al corazón”). Esa visión del mundo es una filigrana sutil de Cohen desde sus comienzos. En una de sus primeras obras maestras, la canción “The old revolution” del disco Songs from a room, ya coreaba: “Peleé en la vieja revolución, del lado del fantasma y el rey“. Y en “Field commander Cohen” decía:

Comandante de campo Cohen, él era nuestro espía más importante. 
Herido en el cumplimiento del deber, 
Paracaidismo de ácido en cócteles diplomáticos, 
Instando a Fidel Castro a abandonar campos y castillos. 

Otro ejemplo de esto es el poema “Una calle”, incluido en el flamante libro:

“Te pusiste un uniforme
Para luchar en la Guerra Civil
Estabas tan guapa que poco me importaba
En qué bando lucharas”

Madison Square Garden, diciembre de 2012 (Foto: Getty Images/AFP)
Madison Square Garden, diciembre de 2012 (Foto: Getty Images/AFP)

Cohen, nunca un músico folk revolucionario de manual, relató más de una vez su agridulce experiencia en Cuba sin falsas ínfulas: “me despacharon como a un burgués anarquista bohemio”. Para él, en el ´69 la revolución ya era “old”. Y no es que Cohen no haya tenido sus medallas de militancia cancionística (emociona hasta las lágrimas su versión de “The song of the partisan“), pero sin duda desconfía de ellas. Porque como ya lo dijo, “Todo el mundo sabe… que el bueno perdió”. Los interesados en sus libros anteriores de poesía no deberían pasar por alto: “Todo lo que hay que saber acerca de Adolph Eichmann“, incluido en Flores para Hitler:

OJOS…………………………………………………………………… Normales
PELO…………………………………………………………………… Normal 
PESO…………………………………………………………………… Medio 
ESTATURA…………………………………………………………… Media 
CARACTERÍSTICAS ESPECIALES……………………………… Ninguna 
NÚMERO DE DEDOS……………………………………………….. Diez 
NÚMERO DE DEDOS DE LOS PIES……………………………… Diez 
INTELIGENCIA…………………………………………………….. Normal

¿Qué esperaban? 
¿Espolones? 
¿Enormes incisivos? 
¿Saliva verde? 
¿Locura?

¿Puede existir mejor manera (con poesía, en apenas treinta y dos palabras) de glosar el concepto hondamente político de la banalidad del mal de Hannah Arendt?

Leonard Cohen. Foto del año 1988
Leonard Cohen. Foto del año 1988

El verso libre. Eso es lo que utiliza Cohen en sus poemas.  Y como señala la poeta y ensayista Alicia Genovese en su libro Leer poesía: lo leve, lo grave, lo opaco, el verso libre es pulso, es tono y ritmo; es sistema nervioso armado con lenguaje: “por un lado la voz familiar más cotidiana y, por otro, una voz oscura, desconocida y la vez íntima, que se abre paso“. Definición que parece pensada con Cohen en mente. Porque La llama debe leerse como si escucháramos canciones como “The guests”, con su acompañamiento de cuerdas que encantan como serpientes; “The stranger song”, la noctámbula “Darkness”, el swing de “My oh my” o “The sisters of Mercy”: con esa melancolía oscura, cotidiana y con la voz de arena de Cohen que susurra a los oídos. Así, La llama es una cajita de música silente difícil de abandonar.

Y sí: Leonard Cohen puede ser budista, espiritual y zen sin perder el “yo”, ese “self” tan americano. Tal vez ahí resida su piedad para la humanidad. En “La criatura” nos dice:

la criatura que dice
“yo” y “mío”
no tiene por que agacharse avergonzada
junto a lagos y montañas
se creó el ego
y es divino

Dinamarca, 1972. (Foto: Jan Persson / Redferns)
Dinamarca, 1972. (Foto: Jan Persson / Redferns)

El deseo y el amor pueden ser predadores que todo lo abrazan, como cuando escribe en “Chuletas de cordero”:

Si el loco dios no hubiera querido que nos comiésemos unos a otros
¿para qué hacer tan dulce nuestra carne?

Como “buen judío”, lírico y talmúdico, Cohen se queja agachando la cabeza ante el cielo, pero realiza una pregunta a su dios al fin. El canadiense más de una vez ha manifestado su deseo de ser un poeta popular, como un Milton para la gente de a pie, donde la belleza deEl paraíso perdido esté en la calle: su desobediencia es prosaica y frontal. Después de todo, éste es el hombre que en un mismo disco (The Future) pudo hacer convivir versos salvadores como la línea “Hay una grieta en todo, así es como entra la luz” (“Anthem“), con la más infernal “Dame crack y sexo anal” (“The Future”). Eso es haber comprendido bien el mensaje de Rilke: “no me quiten mis demonios, sin ellos perdería mis ángeles.”

Enero de 2012 en París (Foto: AFP)
Enero de 2012 en París (Foto: AFP)

Al llegar a los cuadernos nos encontramos con el relato de un sueño con Tom Waits, en el que no deja de alabar su música y en el que ambos terminan abrazados. Y también hay espacio para el humor y para el más cantautor de todos, su Dylanesa:

A todos nos robaron
Y Dylan era la banca

Como muy pocos lo lograron, quizá Vinicius o su amado Federico García Lorca (la hija de Cohen se llama Lorca en su honor), Cohen quiso ser un poeta popular. Sus pergaminos nunca buscaron el malditismo de Rimbaud (acaso el más rockero de los poetas: el que leían y pregonaban Patti Smith, Bob Dylan o Jim Morrison). Cohen no necesitó matar a los padres (le bastó abandonar la rica fortuna que le esperaba administrando la industria textil familiar). Y en todo caso, el simbolismo de Cohen no va más allá de su isologo: la estrella de David hecha con dos corazones interpuestos. Cohen prefirió rezarle loas a Lorca (el poeta asesinado por el fascismo restaurador de la religión y la monarquía), quien le cantó a Whitman, quien le cantó a América.

Porque, hay que decirlo, el hombre que compuso “Hallelujah”, “Morning Glory” y “Amen” es, gracias a dios, rico en contradicciones. La antítesis y el oxímoron abundan en La llama y siempre fueron parte de sus canciones. Como canta en “Famous blue raincoat”, tal vez una de las canciones más desesperadas y tristes de la historia, “My brother, my killer” (compuesto en anfíbraco: una sílaba larga entre dos breves: “It’s four in / the morning, / the end of / December)… el amigo y hermano también es el asesino; en “Chelsea Hotel”, donde repite como mantra angustiante, “Te necesito… no te necesito”; o sencillamente en un disco titulado Songs of love and hate.

La pareja, el amor conyugal, es casi una entelequia, una imposibilidad: “Nos encontramos a ambos lados / De una línea que nadie ha trazado”, reza el comienzo de su poesía “Ambos lados”. Para luego acaso ensayar una posible síntesis amorosa, como todas, contradictoria, quebrada, imperfecta pero perfectible, concebida por dos almas que se codician o repelen como letra y música.

Yo escribiré la letra
Y ella la melodía
Y yo corregiré su canto
Y ella corregirá mi texto 
Entonces la escucharemos
NO muchas veces
NO siempre juntos
Sino de vez en cuando
Durante el resto de nuestras vidas 
(“Siempre estoy pensando en una canción”)

Julio del 2008. Leonard Cohen en el Festival de Beincassim (Foto: AFP)
Julio del 2008. Leonard Cohen en el Festival de Beincassim (Foto: AFP)

La inclusión de las letras de sus últimos temas (incluido el disco de AnjaniBlue Alert, con letras de Cohen, Popular problemsOld ideas y el mencionado You want it darker) sirven también para tener una dimensión -por si hiciera falta- del estilo tardío de Cohen. Basta como ejemplo, la letra de “Darkness”, premonitoria de sus últimos días y su espíritu creativo indetenible:

No tengo futuro
Sé que me quedan pocos días
El presente no es agradable
Hay muchas cosas que hacer
Pensé que siempre me quedaría el pasado
Pero la oscuridad también llegó allí

En “Almost like the blues” se rebautiza “judío y gitano” y en letra de “Going home” habla consigo mismo (como Lorca se insertaba así mismo en sus poesías con ese dramatismo majestuoso: “¡Ay Federico García, llama a la Guardia Civil! / Ya mi talle se ha quebrado / como caña de maíz“.)

Me encanta hablar con Leonard,
Es deportista, es un pastor,
Es un cabrón haragán
que vive embutido en un traje.

Ese conjunto de canciones de sus últimos tres discos se resignifica al leer sus letras por separado: joyas como “Darkness”, “Nevermind”, “You want it darker”, “Did I ever love you”, “Slow”, “Traveling light” o “Steer your way”, entre otras. Tal vez no estén allí los himnos femeninos (“Suzanne”, “Marianne” o “Joan of Arc”) de sus primeros tres discos, causales de la muerte del mujeriego, pero de este último Cohen pude citarse lo que la lingüista Ivone Bordelois dijo de las letras de Silvio Rodríguez o de Violeta Parra en El país que nos habla: “en la lírica del musguito en la piedra, del unicornio de cuerno de añil, creo que contamos con piezas de resistencia mayor”. Estas canciones también serán, como el título de uno de sus discos, “nueva piel para la vieja ceremonia”. Y, detalle no menor, se trata de una edición totalmente bilingüe que incluye, a modo de apéndice, todos los poemas y letras de las canciones en su idioma original.

La llama es, en definitiva, también una forma de adiós a uno de los artistas más sobresalientes de la segunda mitad del siglo XX. No sin nostalgia, como quien, aún con esperanza, despide a un ser querido. Como su poesía “Pleno empleo” que se incluye en este libro:

La historia está escrita
La carta está sellada
Me diste una azucena
Pero ahora es un campo.

FUENTE: Infobae

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