Momias: historia y curiosidades

Uno de los hallazgos arqueológicos más importantes de la historia tuvo lugar el 4 de noviembre de 1922, cuando Howard Carter descubrió la tumba llena de tesoros de Tutankamón, un joven faraón egipcio fallecido más de tres mil años atrás. Poco después, una serie de muertes aparentemente conectadas con el sepulcro del rey llevaron a la prensa sensacionalista a hablar de una maldición desatada por profanar el descanso del faraón. Este rumor goza hasta hoy de gran popularidad e inspiró a Hollywood numerosas películas de terror como el clásico “La Momia” (1932), producida por los estudios Universal y protagonizada por el mítico actor inglés Boris Karloff.

FUENTE: Diario El Universal

Más allá de la dudosa autenticidad histórica de estas “maldiciones” (la mayoría de los involucrados en el hallazgo de la tumba, incluido Howard Carter, vivieron muchos años y fallecieron de muerte natural), su gran difusión habla de la fascinación que las momias egipcias han inspirado durante décadas, y que continúa en nuestros días. Desde el viernes pasado se exhibe en la cartelera venezolana una nueva versión de “La Momia”, protagonizada por Tom Cruise y con la que la Universal busca actualizar uno de sus éxitos más famosos del pasado y lanzar su propio universo cinematográfico de monstruos para competir con los superhéroes de Marvel y DC.

En los próximos párrafos nos adentraremos en los misterios de las momias egipcias y conoceremos a sus interesantes parientes del continente americano.

El embalsamamiento egipcio

La religión de los antiguos egipcios era de una gran complejidad. Creían en un gran número de dioses, muchos de ellos con forma animal o híbridos entre hombres y animales. Asimismo, la muerte y la otra vida suponían una ardua serie de pasos en los que el difunto debía sortear diversos obstáculos y enfrentarse a numerosos enemigos y demonios antes de ganarse el ingreso a la campiña de Aaru, la versión egipcia del paraíso, donde reinaba Osiris, señor del inframundo y dios de la fertilidad. Las más de doscientas invocaciones recopiladas en el “Libro de los Muertos” eran una gran ayuda al respecto.

En este viaje al más allá, la preservación del cadáver era fundamental. Los egipcios consideraban que el alma del difunto (llamada “Ba”) debía estar en capacidad de reconocer a su cuerpo físico para completar con éxito su tránsito espiritual y revivir en la tierra de los muertos. Por ende, resultaba indispensable que el fallecido luciera lo más realista posible para garantizar una eternidad feliz.

La momificación era un proceso largo y complejo que duraba setenta días y constaba de varias fases, la primera de las cuales era la remoción de los órganos internos. Los embalsamadores rompían el hueso de la nariz del cadáver e introducían por allí un largo gancho para extraer el cerebro.

Luego se practicaba una incisión de diez centímetros en el abdomen con un cuchillo de pedernal para retirar el hígado, los intestinos, los pulmones y el estómago. Estos órganos se preservaban en vasijas especiales llamadas “canopes”, cuyas tapas por lo general tenían el aspecto de dioses egipcios.

El único órgano que se dejaba en el cuerpo era el corazón, considerado por los egipcios como la sede de la conciencia y la fuerza vital y elemento necesario para una fase crucial del viaje al inframundo: el “Juicio de Osiris”, en el que el corazón del difunto se pesaba en una balanza junto a la Pluma de la Verdad o “Maat”. Dependiendo del resultado (si ambos platillos se mantenían iguales o el corazón pesaba más que la pluma), la persona podía ir al paraíso o terminar devorada por un monstruo llamado Ammyt.

Tras la remoción de los órganos, el cadáver era cubierto y rellenado con natrón, una sal natural abundante en Egipto que absorbía el agua, disolvía las grasas y exterminaba las bacterias, y se lo dejaba secar durante cuarenta días.

Luego se recurría al maquillaje para garantizar la perfecta apariencia del difunto con miras a la otra vida. Los embalsamadores frotaban la piel de la futura momia con resina, aceite de cedro y cera, le esparcían resina fundida y la rellenaban con lino, arena y serrín. También efectuaban estiramientos de piel y extensiones de pelo.

Llegaba entonces el momento de vendar el cadáver. Esta labor podía tomar dos semanas y llegaban a emplearse más de mil metros cuadrados de lino. Incluso los dedos de las extremidades eran envueltos por separado y con sumo cuidado. Los embalsamadores impregnaban el lino con resina de color oscuro para pegar y endurecer la tela. Siglos más tarde, los árabes confundieron dicha resina con betún y llamaron a los antiguos cadáveres egipcios con su palabra para “betún”: “mummiya”, origen de nuestro término “momia”.

A medida que envolvían el cuerpo, los embalsamadores insertaban entre los vendajes cientos de amuletos sagrados con inscripciones del “Libro de los Muertos” y los bendecían para ayudar al difunto en el otro mundo. Entre ellos destacaban la columna de Osiris (“Djed”), el Ojo de Horus (“Udjat”) y el escarabajo sagrado, símbolo de la resurrección, que se colocaban sobre el corazón de la momia.

Ya embalsamada y vendada, a la momia se le colocaba una máscara en el rostro para que su alma pudiera identificarla en la otra vida. Por lo general solían ser de cartón duro pintado con vivos colores, pero en algunas ocasiones eran de materiales más valiosos. La máscara mortuoria de Tutankamón, expuesta en el Museo Egipcio de El Cairo, está hecha de oro y pesa más de 10,2 kilogramos.

Antes de ser llevado a la tumba, el cadáver era depositado en una serie de ataúdes, usualmente hechos de metal, cartón duro o madera y decorados con inscripciones del “Libro de los Muertos”, imágenes de dioses y símbolos sagrados. Uno de los ataúdes de Tutankamón es de oro macizo y pesa  110,4 kilogramos.

La momia ya estaba lista para su viaje a la eternidad, por lo que se la trasladaba a su morada final acompañada de sus familiares, deudos y, en algunos casos, también de mujeres plañideras contratadas para la ocasión. En la entrada del sepulcro se efectuaban una serie de ritos funerarios, entre los que destacaba la “ceremonia de apertura de la boca”, mediante la cual un sacerdote y los herederos del difunto tocaban los ojos, nariz, boca y oídos de la momia para restablecerle los sentidos y la capacidad de usarlos con normalidad en el otro mundo.

Por último el cadáver se introducía en la tumba, se colocaba en un pesado sarcófago de piedra previamente instalado en el lugar y se cerraba la cámara mortuoria. Esta última no estaba vacía en lo absoluto. Como demostró el hallazgo de Tutankamón, los egipcios tenían una concepción muy materialista del más allá, por lo que llenaban la sepultura con todo aquello que la momia podría necesitar en esos predios: muebles, objetos personales, maquillaje, ropa, joyería e incluso alimentos. Asimismo, los faraones y los más adinerados incluían hasta cuatrocientas pequeñas figuras llamadas “shabtis” con el fin de que trabajaran para ellos en los campos del dios Osiris y así les garantizaran el ocio y la felicidad eternos.

Las paredes y techos de la tumba se decoraban con retratos, escenas celestiales, representaciones de la vida cotidiana e invocaciones sagradas.

Momias del Nuevo Mundo

El fenómeno de la momificación no es exclusivo del antiguo Egipto, pues ha sido practicado por numerosas culturas en todo el mundo, incluyendo el continente americano. Sin ir más lejos, en Sudamérica se encuentran las momias más antiguas del planeta: son las pertenecientes a los chinchorro, una etnia de cazadores-recolectores del norte de Chile, quienes ya preservaban a sus muertos cinco mil años antes de Cristo y casi dos milenios antes de la momia egipcia más antigua conocida.

Los antiguos incas tenían una especial veneración por sus difuntos, a los que embalsamaban mediante la remoción de los órganos internos y la exposición al clima extremo de los andes. Los incas trataban a sus momias como si fueran personas vivas, las vestían con ropas lujosas y joyas, les ofrecían comida y ofrendas, acudían a ellas en busca de consejo, les construían palacios y les ofrecían grandes extensiones de tierra. En ocasiones solemnes como el Festival del Gran Sol (“Inti-Rami”), los cadáveres de los reyes incas incluso eran paseados en andas por las calles de Cuzco de forma parecida a las actuales procesiones religiosas de Semana Santa.

Las momias sudamericanas han tenido influencia en la cultura occidental. Se cree que el cuerpo embalsamado de un cacique de la Amazonía peruana descubierto a finales del siglo XIX y expuesto en el Museo del Hombre de París pudo inspirar la creación una de las obras artísticas más famosas de la historia: “El Grito” (1893), del noruego Edvard Munch.

Más al norte del continente, en la ciudad mexicana de Guanajuato, un macabro museo alberga más de un centenar de cuerpos exhumados del cementerio local entre 1865 y 1989. A diferencia de las momias egipcias o incas, estos cadáveres se preservaron de forma natural  gracias al clima semicálido y al suelo rico en minerales de la zona. Entre los cuerpos expuestos destaca un feto de veinte centímetros de altura, considerada una de las momias más pequeñas del mundo.

Estas momias también han impactado en la cultura popular. En 1970 aparecieron en la película “Santo vs las momias de Guanajuato”, donde tuvieron que vérselas con el mítico luchador mexicano y sus amigos.

En 1979, el cineasta alemán Werner Herzog las mostró en la secuencia de créditos iniciales de su película “Nosferatu, fantasma de la noche”, acompañadas de la inquietante música de la banda “Popol Vuh”.

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